samedi 4 décembre 2010

La enseñanza/aprendizaje de los valores en la educación


Hablar de educación en valores ya no constituye novedad alguna, forma parte de la conciencia de una sociedad que reclama una educación “distinta”, y tenga como horizonte la formación de la persona en la totalidad de sus dimensiones. Los valores han pasado a ser considerados, como una conquista social, equipaje imprescindible en toda realización personal y social. Lo que, hasta ahora, era una declaración formal de intenciones empieza a traducirse en propuestas educativas concretas.

Pero la educación en valores tiene no pocas dificultades y riesgos. Y una de las mayores dificultades para entendernos es la ambigüedad de nuestro lenguaje.

Esperamos poder contribuir, en esta obra, a clarificar no sólo el discurso teórico, sino también la práctica de la educación en valores. Ya sería un resultado importante.

¿Por qué la educación en valores?


Es claro que si no es a partir de los valores, no hay posibilidad alguna de llevar a cabo un proceso educativo, porque no existe el hombre biológico, desnudo de cultura, es decir, de valores desde los cuales exige ser interpretado. Acercarse al hombre, conocerlo, entenderlo significa siempre interpretar el mundo de significados o valores a través de los cuales todo hombre se expresa, siente y vive. Por ello los valores son contenidos explícitos o implícitos, inevitables en la educación.

Lo que ya estaba presente en el aula a un nivel no-formal, no sometido a evaluación, forma parte, ahora, de una propagación adecuada, donde las actividades pertinentes encuentren su lugar también adecuado. Los seminarios impartidos al profesorado de primera y segunda enseñanza nos han permitido conocer la preocupación con que los profesores abordan el tema, el propio MEC (1944) reconoce la dificultad: “No cabe ignorarlo: los profesores no tienen fácil la tarea de educaren actitudes y valores…No les falta voluntad, pero sí materiales didácticos en los que apoyarse, y a veces también echan de menos preparación específica para ello”.

La urgencia de los valores en el currículo escolar estaría asociada a diversos factores. En primer lugar, seguir pensando, todavía, en el desarrollo de las facultades superiores de la persona como finalidad prioritaria de la educación, es hoy un anacronismo y un propósito insostenible. En segundo lugar, la investigación realizada en y desde la praxis presenta hoy un volumen considerable. En tercer lugar, la preocupación cada vez mayor en la sociedad por determinados fenómenos como la delincuencia, las drogas…Ya no bastan con los conocimientos que hasta ahora la institución escolar podía garantizar, se necesitan ahora “nuevos aprendizajes”, nuevas competencias. A partir de la LOGSE, la acción educativa debe estar orientada a la realización de los valores socio-morales que se consideran indispensables para la formación integral de la persona.

La institución escolar suele reflejar, con bastante fidelidad, las contradicciones del sistema social al que pertenece, su cara visible y oculta. Representa un factor clave en la continuidad del sistema social, y a su vez, en la transformación y cambio de la misma sociedad. Pensar la escuela como una institución aislada, en una era como la nuestra, caracterizada por la eclosión de los medios, recursos y técnicas de comunicación, es pretender lo imposible y desconocer la naturaleza de la misma de la educación. La educación se resuelve básicamente en un proceso de comunicación. Pero la comunicación se da en un contexto ya significado. Y son los significados e interpretaciones, que profesor y alumno dan a la realidad que les envuelve, lo que se convierte en las claves de la comunicación y en la base ineludible del proceso educativo.

El cambio profundo que se ha producido en la realidad social, en los hábitos y estilos de vida del hombre de hoy es, básicamente, lo que ha producido la urgencia del retorno, o mejor dicho, de la introducción de los valores en el currículo escolar.

Son los hechos, la realidad distinta lo que han obligado a la escuela a un discurso también distinto y nuevo. La conciencia de muchos y propiciando la demanda de una educación que se sustente en los valores morales para afrontar situaciones, hasta ahora, inéditas.

Hay signos suficientes, al menos a nivel de declaraciones formales, de que la vieja ida de una escuela competitiva, fuertemente vinculada al éxito académico, va dando paso a otra en la que los valores, actitudes, habilidades y competencias morales y cívicas constituyen núcleos básicos del proceso educativo. “El objetivo primero y fundamental de la educación es el proporcionar a los niños y niñas, a los jóvenes de uno y otro sexo una formación plena que les permita conformar su propia y esencial identidad, así como construir una concepción de la realidad que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma. Tal formación plena ha de ir dirigida al desarrollo de su capacidad para ejercer, de manera crítica y en una sociedad axiológicamente plural, la libertad, la tolerancia y la solidaridad” (LOGSE).

Parece que hemos llevado muy lejos eso de que el hombre es un “animal racional”, también es un ser que sufre y goza. Contemplar, entonces, el mundo de los valores como componente esencial en la acción educativa no significa ninguna condescendencia o moda pasajera, sino reivindicar una educación de la totalidad de la persona. Es obvio que las reformas educativas no se muestran eficaces hasta que no forman parte de la cultura o del modo de pensar de aquellos que las han de aplicar. En la práctica, sin embargo, no es fácil separar los aprendizajes instructivos de los componentes actitudinales y valorativos.

Parece que hemos entendido que el hombre es algo más que pensamiento e inteligencia; que también es cultura, entendida ésta como forma de vida; por lo mismo, es un ser de valores. Sutilmente se nos inculca la meta del “superhombre” en nuestra sociedad robotizada, fundamentada en la dominación y el poder. Por ello, la educación que aquí se propone se enmarca en una pedagogía para la acogida, la hospitalidad, la compasión. Y sin saber para qué y para quién se educa cualquier actuación carece de todo sentido. No es posible seguir pensando y actuando en educación como si nada hubiera ocurrido desde paradigmas que, si en un momento fueron adecuados, hoy se muestran claramente insuficientes, e ignorando que tipo de hombre y de sociedad se quiere construir.

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