vendredi 13 novembre 2015

Del médico al psicólogo y psiquiatra, y del psicólogo y psiquiatra al teólogo místico.

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo V

CAPÍTULO V. Las ciencias fisiológico-patológicas en relación con los éxtasis y raptos de los videntes de Ezquioga. Médicos con fe y médicos sin fe. Del médico al psicólogo y psiquiatra y de esto al teólogo místico. Éxtasis místico sin dolor. Éxtasis místico con sufrimiento y dolor y sus causas y efectos. Nueve cuadros seudo patológicos. El caso admirable de Enriqueta Tomás. Los éxtasis y raptos místicos son, acaso: a) parálisis histéricas?; b) crisis nerviosas?; c) crisis convulsivas histéricas?; d) crisis epilépticas de carácter reflejo?; e) convulsiones generales de epilepsia esencial?; f) anestesia total o disociada?; g) parálisis traumática de los nervios y aparatos sensoriales?; h) fenómenos catalépticos?; i) el corazón?; j) síncope y la lipotimia?; k) el ojo; l) el tacto; m) pruebas experimentales: aplicaciones ígnea, lucífera, de simple roce, de punzamiento y psíquica; n) las taras; ñ) casos de neurosis, atavismo, radioactividad?; o) enfermedad desconocida?; p) contagio colectivo?; q) titiriteros, acróbatas, charlatanes?. Conclusiones.
Las ciencias fisiológico-patológicas en relación
con los éxtasis 
y raptos de los videntes de Ezquioga.
Los delgados hilos que, en el anterior capítulo, hemos dejado sin anudar son los pertinentes a las ciencias fisiológico patológicas. Mucho se ha querido hacer valer a estas ciencias, por la generalidad de los profesores suyos, para explicar los fenómenos extáticos, ocurridos en Ezquioga. Se quiere que se hallen dentro del campo de la observación y del tratamiento fisiológico médico. Se aguza el ingenio para explicarlos y acoplarlos a determinadas enfermedades, a base de que son accidentes, y como tales, deben figurar en la lista de las enfermedades que dichas ciencias preconizan. ¿Es verdad todo esto? Estudiemos la razón de semejantes afirmaciones, a fin de que estas ciencias no ofrezcan ninguna callejuela por donde escapar, sin que nosotros les salgamos al paso.
El éxtasis místico ¿es alguna afección patológica? ¿Hay alguna enfermedad orgánica de las que las ciencias fisiológico-médicas registran, que se mida y se compulse por los síntomas, el proceso y los efectos que arroja esta presunta afección?
En términos generales, todo accidente nervioso, sea del linaje que fuere, al determinar la pérdida, no de todos los sentidos ni de toda sensibilidad, acusa alteración del pulso, del corazón, del color y del movimiento; y cuando pasa el accidente, subsiste tal estado de pesadez, malestar, vértigo y pereza, que dura horas y hasta días. Y todos estos efectos no rezan en modo alguno con el éxtasis místico.
Dice Rssiter: “Todos los hombres que han estado enfermos y se han restablecido, desde Adán hasta el presente, han recobrado su salud por un poder divino. No existe otro poder curativo, ya se recobre la salud en un instante, ya en un mes; es siempre el mismo poder el que trabaja, a saber: el poder de la vida, y sólo existe una fuente de vida. El proceso curativo ha sido comprobado muchas veces con el microscopio en una rana viva. Pero más allá del alcance del microscopio y de la razón humana, el poder misterioso de la vida, que no puede verse ni comprenderse, actúa curando y fomentando la salud. Empero, aun la parte del proceso curativo que podemos ver, es cabalmente tan maravilloso y está tan por encima del poder comprensivo del hombre como lo fue la curación del leproso que acudió a Jesucristo”. —“Guia práctica de la salud. Tratado popular de anatomía, fisiología e higiene, por Federico M. Rossiter, licenciado en cirugía y doctor en medicina. 3ª edición castellana.— Sociedad internac. De Tratados. Barcelona, Apart. 492.— Tomo en 4º de 709 págs.”—.
Por encima de la drogas está la potencialidad de la naturaleza enferma actuando para curarse. Esto maravilla. Y, sin embargo, es esto tan usual y corriente, lo vemos tan a todas horas que no atribuimos la curación a la fuente de la vida, a la cuerda del reloj humano, sino al desenvolvimiento de las causas segundas obrando en la máquina corporal.
Para que sostengamos que Dios obra curando directamente, sobre todo en comprobación de algún caso particular, como ocurre v. gr. en Este de Ezquioga, queremos que la curación sea absolutamente sin drogas, sin ayuda humana, instantánea y no progresivamente; y, aún en este caso, exigimos dictamen de médicos que aseguren que es un caso inexplicable para la ciencia (cuando muchas veces se les pone en grave compromiso de dictaminar sobre lo que no alcanzan, pues no alcanzarán hasta donde llega ni la naturaleza, ni la ciencia, cuando menos el poder divino) testigos de enfermos, radiografías, experimentos con aparatos clínicos, etc.; y son algunos tan exigentes, llamémosles incrédulos, que aún piden más: piden que para reconocer completamente la doctrina que se preconiza, intervenga un prodigio, que llaman de primer orden, como la devolución de un miembro perdido.
Las gentes sin fe y las irreflexivas piden milagros, grandes milagros para creer, y desdichadamente, ignoran lo que piden. Se van tras lo maravilloso, cuando lo maravilloso les rodea, y por lo maravilloso penetrados están. Todos los días el cielo está obrando grandes milagros; ¿y no los ven?, ¿y no se dan cuenta?
A símile, todos los días, la Santísima Virgen está obrando señalados prodigios en o con motivo Ezquioga, observándoseles por el lado que se quiera; y sin embargo, no se dan cuenta quienes, para creer en las Apariciones de la Santísima Virgen piden nuevos milagros.
¿En quién está el defecto, en la maravilla o en el que no la observa? El ciego que se aferra a que no ha salido el sol, porque no le ve, tiene acaso razón? Pues, ciegos son todos aquellos que, ante los éxtasis de los probados videntes de Ezquioga, insisten en que no ven la luz, cuando la luz está a la vista de todo el mundo.
Médicos con fe y médicos sin fe.
Aunque la ciencia médica no sea confesional, hay que reparar en que no puede estar al margen de los hechos que determinan los síntomas, el proceso, la curación y los resultados de las enfermedades, sino que se han de basar forzosamente en ellos para el estudio de las mismas.
¿Cómo es que en el desarrollo de las dolencias hay médicos que encuentran al Agente divino, que obra en ellas, y otros no lo ven jamás? Porque los primeros no cierran su entendimiento a la luz natural, mientras que los otros, a pesar de esa luz, que se difunde clarísima, los cierran para no verla.
De aquí el que aquéllos, cuando obra Dios en el cuerpo humano, que es siempre, digan que mediante las causas segundas; mas, sobre todo, cuando interviene directamente obrando milagros, reconocen los milagros; mientras que los que aprietan sus ojos para no ver, claro está que no los ven y se extrañan aún de que los otros crean.
Del médico al psicólogo y psiquiatra,
y del psicólogo y psiquiatra 
al teólogo  místico.
En todos estos asuntos, de suyo complejos, hay que guardar orden y método. Cualquier sandio y hasta cualquier hombre de ciencia particular, por el mero hecho de serlo, corre ávidamente a contemplar un éxtasis, creyendo que va a encontrar a seguida la cuadratura del círculo; y no piensan que el asunto de las visiones y revelaciones ha de estar intervenida forzosamente, so pena de no acierto, por médicos, psicólogos, psiquiatras y teólogos. Ni los unos ni los otros solos, sino conjuntamente; es a saber, aun cuando cada uno de ellos estudie separadamente un caso concreto, es preciso oír el parecer de los cuatro, para poder apreciarlo en toda su extensión, exactitud y diafanidad. Ni el teólogo sin el psicólogo y el psiquiatra, ni estos sin el médico, ni éste sin aquellos tres.
Primeramente, ha de intervenir el médico, y su estudio se ha de ceñir no a otra cosa que a los estudios de su carrera, esto es, a averiguar si el individuo es o no enfermo, y examinarle con la toma de pulso, observación del corazón, del ojo y de la sensibilidad, antes, en y luego del éxtasis; y sólo cuando haya proferido la frase: “Este caso es inexplicable para la ciencia médica”, entonces es cuando debe entrar el psicólogo para observar la normalidad de la mente del observando; y sólo cuando se le encuentre a éste alguna anormalidad es cuando debe entrar el psiquiatra para diagnosticar que clase de anormalidad es y si está en oposición a la tenencia de las visiones o si es o no manicomiable. Y sólo cuando el psiquiatra haya determinado que la mente es corriente, o levemente defectuosa, sin pasar a más, entra el teólogo místico, quien teniendo ya el camino allanado, pasa al estudio y examen de los éxtasis, las apariciones, visiones, revelaciones y la conducta de vida de los videntes, para dar la conclusión de la veracidad o no autenticidad de los mismos. Cuando el psicólogo dictamine que el sujeto tiene normal la mente, es ocioso que intervenga el psiquiatra.
Cualquier trabajo que de tales normas se separe, no solamente será inexacto e imperfecto, sino estará expuesto a cien errores. Trabajo que ha de practicarse con harta escrupulosidad e interés, a fin de que ningún cabo por atar quede.
¿Se obra generalmente así? Creemos que no. Sin embargo, nosotros en todo este Libro hemos procurado ceñirnos a las normas predichas.
—¿Qué cómo lo hemos conseguido?
—Trabajando mucho, hondo y firme. En los tres años, alrededor de 10.000 horas.
Cuando el 3 de Noviembre de 1932 fuimos a declarar ante el Juzgado de Instrucción de San Sebastián, —Cap. 24. Nuestro interrogatorio ante el juez— el juez, que ya tenía noticia del director psiquiatra de Santa Águeda, de la existencia de algún defecto leve mental de cierto vidente, internado allí; como si nos arrojara un capítulo de culpas encima, que fuera señal de su victoria y de nuestro oprobio, nos espetó lo siguiente:
Y Vd., sin conocer si los videntes son oligofrénicos, se mete a escrutar si sus visiones y revelaciones son así o asá…
—Comprendimos enseguida que ese garbanzo no se había cocido en el puchero del juez, y le respondimos: Esto creerá Ud., señor juez, que yo no conozco si los videntes son o no oligofrénicos. Tengo hechos estudios sólidos sobre la materia; y precisamente, días pasados, en Santa Águeda, un celebrado médico creyente y yo estuvimos discutiendo este mismo punto con los médicos psiquiatras de dicho manicomio que, ciertamente, contestaron inadecuadamente al punto a que el Sr. Juez se refiere. El oligofrenismo no impide la tenencia de visiones y revelaciones. Y, cambiando de tono y tema añade:
—A su perspicacia de Vd., no escapará que estas visiones y revelaciones no son tales.
—A mi perspicacia no escapa que entre el número de visiones y revelaciones de Ezquioga las hay que son apócrifas, pero las hay también auténticas, que no hay que confundir con aquéllas.
Puede que el juez, por las circunstancias, esperase a que negásemos en redondo las cosas de las cuales tenemos convicción absoluta de que existen y que sabemos distinguir de las diabólicas y naturales. Y esto solamente lo consigue una perspicacia puesta, muy cerca de tres años, sin hacer otra labor, al servicio de los Hechos de Ezquioga.
“Para apreciar bien, dice Spirago, —La Doncella Stigmatizada, id. Pág. 191—  casos como el de Konnersreuth (trata la estigmatización de Teresa Neumann) es menester saber algo más que medicina; ante todo debe estar uno muy al corriente de la ciencia mística. Es preciso a los médicos, en particular, que únicamente juzgan estos casos con sus normas puramente científicas, lo tengan muy en cuenta. Entre el público hay muchos también que forman su opinión acerca de los sucesos de Konnersreuth aun cuando no tengan la menor idea de cosas místicas. El que ha de determinar si un objeto es oro o plata, es preciso que conozca bien los metales preciosos, pues, de lo contrario, puede equivocarse fácilmente y hacer un papel ridículo ante los peritos.
Hasta el diario protestante Leipciger Neveste Nachrichten manifestó sobre nuestro tema: La competencia de la medicina en este asunto es discutible. El dictamen del médico carece aquí de valor, porque no afecta a la esencia del caso, pues no se trata de un fenómeno médico, sino religioso, y como tal, es fruto del Espíritu Santo y está sujeto al control de la Iglesia Católica, que hace muy bien en guardarlo y protegerlo”.
En general, los médicos, triste es decirlo, tratan de examinar estos casos con la prevención de las ciencias fisio-patológicas que, no sólo se apartan de Dios, sino que presumen explicarlo todo separados de la primera Causa y sin contar para nada con ella, lo cual, siendo absurdo —Véase nuestra Obra De Dios a la Creación, tomo I—, son absurdas igualmente cuantas explicaciones fundamentales sobre el origen del organismo y sus enfermedades pretenden razonar.
No creen en la suspensión de las leyes universales, en el milagro; y como las palabras “impostura” y “fraude” estarían en contradicción con los hechos demostrados en los éxtasis místicos, he ahí el que intenten hallar una explicación natural a los sucesos. Y todo es dar vuelta a estos hechos, aplicándoles razonamientos tan inverosímiles, que hacen desternillar de risa al sabio, pero que, después de vertidos, se quedan ellos (los médicos) tan orondos como si hubieran hallado solución a un imposible.
Pero, veamos, cuáles son los diagnósticos médicos sobre los éxtasis místicos y las explicaciones de los mismos, para que podamos rebatirlos con éxito.
El éxtasis místico sin dolor.
Entremos ahora, a tratar del dolor como síntoma de las enfermedades para la relacionarlo con los éxtasis de los videntes. Su estudio será como la antorcha que se lleva a mano en caverna obscura.
El extático, por razón de sus éxtasis —Capítulo 8-12— carece absolutamente de dolor. Ni dolor nervioso ni somático ni reflejo. Esto prueba que el éxtasis se haya fuera de las leyes naturales de la enfermedad. “El dolor, ha dicho Mr. De Rossiter,  —Guia práctica de la salud, por el doctor Rossiter, id.,— es para el cuerpo lo que la conciencia violada es para el alma. Es el amable aviso que la naturaleza da del daño inminente. El dolor, en cualquiera parte del cuerpo y especialmente en los diferentes órganos donde está interesado el sistema nervioso simpático, da ocasión a sensaciones de calor, pesadez, agobio, fatiga, constricción, opresión, ardor, estupor, inquietud, sensibilidad, comezón y punzada.
El dolor de un nervio craneal o espinal o que tiene origen en alguna parte de estos nervios, puede ser punzante, lancinante, fulminante, roedor, taladrante, palpitante y penetrante.
El dolor indica enfermedad. La ausencia de dolor en la enfermedad es un gran peligro, porque pueden ocurrir inadvertidamente graves alteraciones como sucede en muchas enfermedades orgánicas”.
Por esto, si nos objetáis que el extático puede no tener dolor y sí enfermedad, os responderemos que eso se conoce estudiando al extático, viéndose que por razón del mismo carece de síntomas ni efectos de enfermedad.
Se dirá que es ahuyentando o calmando el dolor, como se calma con narcóticos. Más los extáticos ni los conocen ni los emplean. En general y en particular ninguna de las enfermedades del sistema nervioso tiene puntos de contacto con los éxtasis.
El éxtasis místico con el sufrimiento y el dolor,  y sus causas y efectos:
Nueve cuadros seudo-patológicos
Vistos los seis y siete marcados hechos, declarados en el capítulo IV y que podíamos calificar de “éxtasis y raptos místicos dulces”, pero inexplicables a la ciencia médica; consideremos ahora, si puede explicar otros hechos más materiales, aunque complejos, realizados dentro de aquellos éxtasis y raptos.
Estamos ante unos extáticos, como los referidos en los capítulos IX —El Viernes s. de 1933 en Ezquioga Cap. 10, c)—  y XI —Un ejemplo aplastante, que Nª Señora intitula: “Más nuevas pruebas de mis Apariciones en Ezquioga”. Cap. 11, i)—. Examinados precedentemente, no se notan hereditarias taras. Todo en ellos es normal: el pulso, el corazón, el ojo, las funciones orgánicas y mentales.
Atendamos a lo que les sucede: Hemos visto que el éxtasis místico, por razón de sí mismo, carece de dolor. Vamos a ver, ahora, cómo hay éxtasis místico con dolor.
Cuadro primero: Presenciamos que los extáticos se quejan amargamente, desmedidamente. Sus ayes convulsivos son horribles: convulsiones y ayes que, antes, pero dentro del éxtasis, han anunciado claramente. Notamos que los brazos y las piernas y la cabeza, sin que nadie intervenga ni ellos mismos se toquen, se les va retorciendo, lenta pero decididamente, sin que ninguna fuerza pueda estorbarlo. Las retorceduras afectan a una vuelta entera, a entera y media y hasta dos vueltas completas. Se oye el crujir de los huesos y el descoyuntamiento de las articulaciones. El dolor, por supuesto, es inaudito y casi no se puede ser testigo de semejante escena. Ningún ser humano, por fuerte que se le suponga, podría aguantar normalmente más de media torcedura, sin desmayo y desplomamiento; y, no obstante, el extático en pasión, sufre este linaje de torceduras, sin síncope; sin caer a tierra, sin anormalidad del corazón, conservando bien las facultades mentales, extáticamente. Al cabo de minutos vuelve todo a su estado normal, sin consecuencias.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Otro cuadro: Al quejarse el vidente, en pasión, de un intenso dolor al cuello y llevarse la manos a él, hemos visto que un gran abultamiento carnoso le asoma por entre el chaqué y la cabeza, de forma que el extremo de tal abultamiento le llega a la mitad de ésta, el cual mide de 10 a 15 centímetros de alto por otros tantos de diámetro en su base. Asombrados, lo palpamos, lo medimos y lo examinamos, y no sólo es, al parecer, excrecencia carnosa, que minutos antes no existía, sino que son tejidos carnosos, con normal temperatura, rodeando al hueso, como prolongación de la espina dorsal. —Vean, ustedes, decimos a los circunstantes, que pasan de 30: Esto que debería ser un imposible, realmente no lo es.—  Todos asienten a nuestra observación. Mas, a poco, crece el asombro, cuando vemos y palpamos que todavía bajo nuestra mano aquel raro fenómeno, insensiblemente, pero de prisa se va reentrando hacia el lugar de donde debió salir, hasta quedar aquella región en estado perfectamente normal y sin las más ligeras consecuencias.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Tercer cuadro: Adelantando la hora, los propios videntes se quejan atrozmente de fuertes zurriagazos que les ministran; y en su acerbo dolor, llevan las manos al punto aquejado. Nadie les toca ni ellos mismos. Y, al terminar, examinado detenidamente el punto o los puntos de los invisibles zurriagazos, se observan marcadas moraduras, unas, y sanguinolentas, otras, pero recién hechas, cosa que denuncian el color y la temperatura corporal; y, aun cuando el organismo se halla naturalmente fatigado, al cabo de pocas horas, contra las leyes naturales, nada anormal de lo observado queda.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Cuarto cuadro: Ciertos movimientos, actitudes y frases de honda pena de los extáticos revelan que son martirizados con sendas espadas, y también con largos punzones encendidos, como de medio metro de largos. Termina la pasión, y examinado el sujeto afectado, se le aprecian, en la parte anterior y superior pectoral hendiduras de medio centímetro de diámetro por 25 milímetros de ancho, con sangre, unas, y cauterizadas otras, con cauterio recién hecho, cosa que el color, el olor, y la temperatura denuncian. Ysin ninguna consecuencia.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Quinto cuadro: Por las palabras de los videntes en pasión descubrimos que asisten a una visión del purgatorio. Es también cuando en esta ocasión exhalan un chirrido horrible, espantoso, ininterrumpido, de dos a tres minutos de duración, sin dar lugar a la respiración, parecido a trémolo de dos a tres notas agudas sonando a la vez, tan singular y descomunal que, acabando con un terrible y largo ¡ay! nos descompone y hiela de horror. Su término, que debería ser el síncope u otro accidente parecido, acaba sin ningún linaje de consecuencias.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Sexto cuadro: Uno de los más salientes fenómenos habidos en estas pasiones consiste en que los dos o tres videntes afectos a ellas simultáneamente experimenten iguales angustias, patenticen idénticas escenas de dolor, muestren parecidas facciones y hablen las mismas frases y hasta los mismos vocablos.  Como si uno o más invisibles agentes les atormentasen, a la vez, de forma que les obligasen a pronunciar idénticas locuciones y practicar iguales manifestaciones de terror. Se nota que sudan térmicamente, que llevan cardenales y que sangran alguna vez por el punto que manifiestan ser azotados o saeteados, pero sin consecuencia alguna.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Séptimo cuadro: Nos anuncia la vidente X que la Stma. Virgen la ha prometido que, en determinado día y hora, la dará a sufrir una fase, la más dolorosa de la pasión, consistente en que se le secarán los pies. Ignoramos la esencia de esta fase. Mas, en efecto, a la hora del día anunciado, ante varios testigos, quedando la vidente postrada en el lecho, sin estar ni por asomos enferma, y descalzos los pies, comienza a quejarse tan amarga y violentamente, que notamos que, sin que nadie la toque, al propio tiempo que se le retuercen los pies, los tejidos carnosos de éstos, se le van lentamente disminuyendo, pero sin que en ninguna región de la pantorrilla se le note acumulación de substancia carnosa ni engrosamiento de ningún linaje. Primero un pie, y luego el otro, van enflaqueciendo de tal modo que se muestran esqueléticos, como de piel forrados, algo así como de momia, mas con el color de vivo sano. Dura el fenómeno más de media hora, y la paciencia afirma que son tan acerbos los dolores que cree no poder resistirlos sin fallecer. Al cabo de aquellos minutos, lentamente los pies van adquiriendo la materia carnosa, hasta quedar perfectamente normales, desapareciendo, luego, el éxtasis, sin que rastro quede ni consecuencias.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Octavo cuadro: Nótese que durante las 21 horas de tormentos espantosos e indecibles, los videntes afectos no comen ni beben ni descansan. No evacúan ningún linaje de necesidad. No pronuncian palabras groseras, heterodoxas, desesperadas ni actitudes descompuestas e indecentes. Por el contrario, en medio de la violencia de los sufrimientos, que nos recuerda a la de los mártires, tienen paciencia, resignación, conformidad con la voluntad divina, oración y deseos de padecer más. Todo, sin consecuencias.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?
Noveno y último cuadro: Asistimos al éxtasis de un probado vidente, que se ha desplomado. Notamos que en tal circunstancia ejecuta actos que responden a una fuerza y celeridad extraordinarias. Se da golpes y porrazos tremendos, aun contra la cabeza, que deben determinar magullamientos y chichones enormes.  Sin que nadie visiblemente le mueva es arrastrado hacia debajo de la cama o del armario de luna, en posición para hacerse gran daño. Lo pretendemos sujetar de los brazos, y entonces, es cuando contrastamos la fuerza enorme que desarrolla.  Esta fuerza es anormal. Si nos descuidamos nos lleva contra la pared; y puestos allí, la secreta fuerza nos estruja de tal modo contra el muro que creemos nos va a reventar. Lo dejamos por imposible, quedando nosotros cansados, fatigados y casi sin fuerzas.
¿Qué hay aquí? El vidente no es epiléptico y rebosa perfecta salud. Es manifiesto que está intervenido por un agente misterioso. ¿Diréis, quizá, que es el demonio? Mientras el acceso le hemos exorcizado, y la prueba ha dado un resultado magnífico: Aquel agente ha desaparecido. ¿Objetaréis que es un caso de posesión diabólica? Y respondemos resueltamente que no; porque el vidente, durante el acceso, detesta al diablo, lleva el Crucifijo en la mano y se encomienda a Jesús y a la Virgen y no da las acometidas usuales en las posesiones diabólicas.
¿Qué es esto? ¿Puede la ciencia médica explicar todo esto?

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