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adstera

mercredi 1 avril 2015

Horses in my dreams



Hoy con la abuela Violeta hablamos del cielo y de los grandes edificios. De la pintada en la esquina, que dice: "barrio trabajador y depresivo". De los sueños hablamos de las pesadillas. De un lugar desconocido al que le temo. Y ella también.
Bajo la luna bajo el sol. "Cincuenta años de casados". Nos reímos. "Es ridículo", me dice. "Antes era plantar calabazas y aguantar. Ahora por una miga de pan abandonamos el barco", le digo. Si encontráramos el punto medio, pienso por dentro. Nunca encontré mis puntos medios, a veces pienso que no existen. O que las palabras: equilibrio y armonía, son sólo palabras.

La Moni nos salta, es una perra psiquiátrica, diagnosticada. "Te acaricio, calmate, no me lamas entera", le grito riendo. Nadie puede saber qué es lo que ella quiere. Yo casi nunca sé lo que quiero, me digo. La abuela le da mate, le mete la bombilla en la nariz y la perra se aleja. "Mate no quiere", me dice. Le mojo el hocico en mi café frío. Se aleja. "Café tampoco", digo yo.

Me gusta que tome mate con la caldera apoyada en un círculo de mimbre. Un vaso de vidrio chiquitito lleno de yerba apoyado sobre un repasador. Un repasador cuadriculado y amarillo. Siempre lava el mate, lo empieza mal. No sabe cebar, no le interesa. A mí tampoco me interesa si estoy con ella. Porque juntas miramos por la ventana. Miramos al árbol japonés. En otoño va perdiendo las hojas. "Queda todo peladito", dice seria. En invierno le salen unos dulces pimpollos que después explotan en bellas flores. Y en verano se llena de hojas verdes. "Bien, bien tupido", dice y mueve las manos, expresiva. "¿Y en primavera?", le pregunto. "Llora flores, riega el suelo de rosado, de pétalos tristes", responde sin mirarme y después mete la boca en la bombilla, la frunce. "Qué árbol raro", le digo. "No es raro, es que él cree que está en japón", dice la abuela.

La Moni no quiere comer. Yo no quiero que te vayas. No me dejes. Si recién dijimos que desde acá, el cielo se ve entero y éso nos encanta. La bajada de Ramón Anador nos deja ver el atardecer naranja y violeta. Violeta como vos. No seas mala, no me dejes. Por favor. No me dejes. ¿Acaso todos van a dejarme? No me pongas triste. Hoy hubo sol, no digas esas cosas.

Mientras tanto, las cucarachas se aman en el baño. Y ya no se avergüenzan de su amor. Apasionadas, ya no se esconden. Ya no me temen y éso me gusta. Ya no corren. Ni se mueven al verme. Su corazón late fuerte sobre el caño de la cortina. Jamás podría matarlas. Si yo sé que ellas están enamoradas y que volverán risueñas a sus cañerías. Sólo puedo verlas con dulzura, observar sus cuerpos entrelazados. Pareciera que el amor las tuviera atrapadas y no les importa. Están encarceladas en su deseo, y sin embargo, parecen tan libres... tan felices.
Me voy. Necesitan intimidad. Darse el abrazo del después. Mirarse fijo un ratito, parpadear. Decirse alguna verdad, planear un nuevo encuentro. Sentir la partida.

Las ganas de mear se pueden aguantar.
Las ganas de amar, no.

No cierres el portón - dice la abuela
No - le contesto, y aprieto el candado


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