jeudi 12 février 2015

La ventana rota

Cómo iba a explicarle. Si a veces lloraba sin sentido. Él nunca iba a entenderlo. Porque yo lloraba al mirar por la ventana del edificio si era de noche. Por ese olor que tienen las hojas secas de otoño, por la tibieza del verano o la humedad del invierno o la brisa de la primavera. Lloraba por la lluvia. Lloraba de nostalgia por lo que no existía. Y me imaginaba saltando como aquella vieja de enfrente que se suicidó. Quebrándome en el pavimento, sangrando la vereda. Las caras de horror, la mía deshecha. Él reía al contármelo. Porque la vieja cuando se estrelló contra el suelo, estaba maquillada y vestida como para ir a una fiesta. Yo lo escuchaba sin reír. No me causaba gracia. Y le hubiese dicho que quizás para ella, la muerte era una fiesta. Pero en cambio no dije nada. Me quedé callada. Porque él me hubiese mirado como si estuviese loca, como hacía siempre.

Entonces yo lagrimeaba por las cosas que no habían pasado. O algunas veces sí, y lloraba porque cuando era niña mi primo metía su mano por dentro de mi enterito y yo no decía nada porque a lo mejor pensaba que si lo contaba, mis padres iban a dejar de quererme; como dijo una vez mi sicólogo. Porque mi madre no me cuidó como debería y porque mi padre me pegaba sin razón. O quizás lloraba por los lugares de ausencia, por los dolores añejos, por lo que no sanó y todos mis secretos. Pero, ¿cómo iba a explicarle? Él nunca me entendería. Él ni siquiera lloraba. Y cuando digo llorar, no hablo de lágrimas. Hablo de eso que te da en el pecho aunque no lo hagas, de la sensación. Hablo del vacío, del hueco adentro, profundo. De cuando te pueblan todos tus fantasmas.

Eso siempre me pasaba después que cogíamos y yo no me dormía. No me podía dormir. Y empezaba a pensar cosas. Quedaba mirando el techo o sacaba la cabeza por la ventana con el torso desnudo aunque hiciese frío, aunque me vieran las tetas los de enfrente. Armaba un porro y disfrutaba de ver cada uno de los apartamentos e imaginar qué estarían haciendo los que allí vivían. Creía que capaz aquel pibe de allá, estaba pensando las mismas cosas que yo mientras su novia dormía. O a veces sólo me saboreaba de ver la ropa colgada, las luces prendidas, las sombras detrás de las cortinas. De ver a alguien cualquiera, fumar.

Me sentía sola pero me gustaba. Había algo en esa parte de mi sensibilidad, que me hacía sentir única, incomprendida. No era sensibilidad. No sé qué era. Pero me separaba del resto, me separaba de él. Y talvez eso no me molestaba tanto. Aunque a veces sí y me parecía que estaba durmiendo con un insulso, un enemigo. Y en mi apocalipsis, iba a morir sola con ideas, de fantasías que nadie tiene.

Claro que había momentos de pasión y no pensábamos. No sentíamos. Éramos sólo instinto y garchábamos de parados en el pasillo o en las escaleras deseando que alguien nos viera. O como la vez que de golpe me puso un revólver en la sien, diciéndome: “q u i e t i t a”, con cara de enfermo. Yo quedé inmóvil, temblando sólo mis piernas. Hasta que riendo dijo: “es de mentira”, y bajó el arma. Pero mi sangre ya corría sin parar. No me salían palabras. Tampoco me enojé. Sentí adrenalina. Me excité y lo besé desesperada. Garchamos violentos, como nunca. Yo sé que eso jamás lo hubiese hecho con un arma real, pero capaz, en alguna parte de él, lo deseaba. Y eso me gustaba. Me gustaba que no fuera previsible y que algo dentro de él, pudiera matarme.

Esa época nos deleitaba por todo ser nuevo. Mi cuerpo, su piel suave. Todos los olores. Y nos esperábamos para eso, para desnudarnos apenas nos viéramos. Para que encontrarnos sea igual a orgasmos, a fumar porro, a hablar de salvar al mundo, reírnos y que yo después, mirara por la ventana sin que él lo supiera. Para que él me refregara la cara contra las pancartas anarquistas pegadas en las paredes de su cuarto cuando me apretaba de espaldas, cinchándome el pelo. Y arquearme hacia atrás para que llegara a mis nalgas y sentir los mechones, entre los dos, mojados de sudor. Sentir suaves cosquillas de los pelos finos sobre la parte baja de mi espalda y él, en su vientre.

Pero un día la vida real se metió entre todo. Entre los huesos. Y entonces la melancolía eran cuentas que pagar, eran trabajos, nafta. Eran exámenes, un alquiler, la cuenta del gas. Y necesitábamos más espacio, intimidad. Necesitábamos otras cosas que no sabíamos bien qué eran pero que no eran esas que sí teníamos. Empezaron los gritos, los cachetazos, las manos largas. El llanto que sí tiene ruido y lágrimas y rabia. Los portazos, los no te aguanto más y los me tenés podrido.

En ese tiempo, mirar por la ventana después del caos, me servía para escapar. Me metía en la vida de otros, en sus historias y soñaba con lo que se pudieran decir aquellas personas de las que sólo conocía sus sombras. Y cada tanto miraba el rostro de él dormido y no sabía quién era. Como si esa cara que me había cansado de ver, ya no la reconociera, como si fuese distinta. Y lo miraba fijo, asustada.

Hasta que una noche de esas, no aguanté más y me tiré. Salté. Estrellé mi cara contra el pavimento y sangré la vereda. Me despedacé vestida para una fiesta, maquillada. Salté y le dije que no volvería, nunca más.

Para ese entonces, todo había cambiado para mí y andaba con una mochila de camping. Vestida con el uniforme negro y mis lentes rojos de sol, escuchando música por 18 de julio sin saber a dónde ir. En las frases siempre aparecía de soslayo un loquita y yo bajaba cada vez más de peso. Durmiendo cada noche en una cama distinta con alguien diferente. Con libertades vagas y horarios exactos. En mi mochila: una muda de ropa, una toalla, la jobonera, una vianda, cereales, mi disco de los Smiths… mi diario.

Había noches de bañera, de camas anchas o de colchones en el suelo, de baños helados y duchas de baja presión. De discos que sonaban la noche entera. Había de todo. Había moñitas sin salsa, lentejas solas, arroz pasado. Había cerveza sin comida, había alimentarse a cebada varias cenas. Había músicos, boxeadores, clowns. Y algunas veces, hasta había bombones debajo de la almohada, de esos que tienen una cereza y licor adentro. Y yo los saboreaba de camino al trabajo, pensando que después de todo, nada era tan triste.

Había la noche y esas madrugadas que tiñen azulinos los contornos de las cosas. Había el bullicio cuando parece estar dormido. Las calles vacías, los perros ladrando a lo lejos. Edificios grises, casas viejas. Hombres durmiendo que no entenderían. Había recuerdos.


Y siempre pero siempre, había una ventana para llorar.

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